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Arquitectura para la defensa


Arquitectura para la defensa

Introducción

El primer recinto murado que tuvo la ciudad fue la construcción de la muralla romana, de la que han quedado escasas evidencias arqueológicas, e hipotéticamente se presupone su trazado. Según los cronistas árabes que a lo largo del siglo IX visitaron la antigua Colonia romana, ésta contaba con un recinto amurallado de doble paramento, el interior de piedra blanca, almenado y con numerosos torreones, y el exterior de piedra roja, también almenado pero de menor altura, que cobijaba una ciudad de planta aproximadamente rectangular, rodeada por tres cursos de agua. En buenas condiciones debió mantenerse esta cerca, y prueba de ello es que Tarik, vencedor de las huestes de D. Rodrigo, tardó seis meses en doblegar la resistencia de Écija. Conquistada finalmente mediante un pacto, el recinto fue respetado hasta que en el siglo X, Abderramán III mandó demoler el puente sobre el Genil y las murallas hasta los cimientos, como castigo a la ciudad por haber secundado la revuelta del rebelde Omar Ben Hafsun. Así, cuando los Almohades construyen la nueva muralla, de la que aún hoy perviven numerosos restos, lo hacen “ex novo”, comprimiendo y ajustando la madina, y amputando parte del trazado viario de la antigua Astigi, sobre todo en aquellos sectores del casco urbano que se extendían en torno a las puertas principales de la ciudad.

Tras la conquista de Écija por los cristianos en 1240, y la desaparición del peligro árabe una vez tomada Granada, la importancia de las murallas fue decayendo y sus muros dejaron de ser reparados. Las puertas de la ciudad sin embargo, permanecieron en pie hasta que en 1868 la Junta Revolucionaria Local decidió su desmantelamiento.

El perímetro de la cerca tiene forma de cuadrilátero, ocupando el Alcázar o Calahorra el ángulo Sureste. Del recinto de este alcázar únicamente quedan ciertos vestigios, con lo que sólo podemos formarnos una idea de su ubicación, dimensiones y trazado en general. Jalonado por numerosas torres, se comunicaba con la ciudad a través de la Puerta del Picadero y la Puerta de las Cadenas, que debe su nombre a las cadenas que delimitaban la jurisdicción de los Alcaides del Alcázar. Ocupando el ángulo Suroeste del Alcázar, se construyó un Castillo, de planta cuadrangular, con un torreón en cada esquina y otro más en tres de los cuatro lienzos que lo cercaban; a él hacen referencia las fuentes cuando lo describen como “el Castillo de las siete torres entre Carmona y Córdoba”. Pocos restos quedan de este antiguo castillo, a excepción de la torre del Concejo, con sillares reutilizados en su base de alguna construcción anterior, en las inmediaciones de la Plaza de San Gil. Una vez arruinado el castillo y todavía cercado por sus viejos muros, el recinto fue utilizado por la nobleza ecijana para practicar la equitación, por lo que adquirió el sobrenombre de El Picadero.


Técnicas Constructivas

El actual recinto amurallado de Écija fue construido por tanto durante la segunda mitad del siglo XII y las primeras décadas del XIII, generando una trama urbana que configura un casco histórico con unas características puramente medievales, y conformando un viario estrecho con trazados curvilíneos. La construcción de la cerca, al igual que otros procesos urbanísticos de gran envergadura, responden a un único impulso constructivo, cuya técnica utilizada es el tapial: hormigón antiguo compuesto por áridos (grava y arena), junto con algunos materiales de machaqueo (fragmentos de ladrillos y cerámicos), y mortero de cal bien compactados en tongadas apisonadas; también se utiliza el ladrillo como material, resolviendo puntos concretos de las construcciones defensivas, tales como los elementos de cubrición, enmarcando vanos, además de proteger las esquinas en torres de flanqueo. Este proceso constructivo que se inicia con la llegada de los almohades a la ciudad, --hecho constatado en base a fuentes bibliográficas y literarias, técnica edilicia, materiales asociados y estratigrafías conocidas--, cuenta con una serie de dispositivos defensivos, que se articulan en torno al trazado de la muralla que rodea perimetralmente la ciudad, constituido por tapial con unas dimensiones de 1’80 m. de espesor, desarrollándose en lienzos, lienzo de muralla que conserva aún el parapeto, que describen amplias curvas alternativamente cóncavas y convexas para facilitar el flanqueo desde las torres. Paralelo al lienzo de muralla y a una distancia que oscila entre 4-7 m., discurre el antemuro, que circunda el muro principal y constituye otro de los elementos característicos de la arquitectura militar andalusí. Está construido igualmente con la técnica de tapial con unas dimensiones de 1’35 m. de espesor. La existencia del foso o cava que circunvala todo el recinto fortificado presidiendo el antemuro, además de las numerosas intervenciones arqueológicas realizadas y del testimonio del Padre Martín de Roa S. J., está acreditada por haber dejado el nombre de Cava a una de las calles situadas por delante de la muralla entre las puertas de Osuna y Estepa, y el de Cavilla entre la Puerta Cerrada y la de Sevilla, así como por los numerosos documentos que, desde el siglo XV en adelante hacen referencia a ella.


Puertas y Torres

De las catorce puertas documentadas, cuatro tendrían su origen en el trazado romano que articulaba los dos ejes principales de la ciudad, una vía Este-Oeste —Puerta del Puente y Puerta Cerrada--, y otra vía Norte-Sur —Puerta Palma y Puerta Osuna; tres tienen su origen en la cerca almohade —Puerta de Estepa, Puerta del Agua y Puerta del Sol; cinco son posteriores a la conquista cristiana —Puerta de San Juan, Puerta Nueva, Puerta de San Pablo, Puerta de Sevilla y Puerta de los Descalzos--; y las dos restantes fueron puertas de comunicación entre el Alcázar y la ciudad, la Puerta de las Cadenas y la Puerta del Picadero. El modelo seguido en la construcción de las puertas del recinto, tiene su origen en los sistemas de acceso empleados por los Almohades tanto en el norte de África como en ciudades andaluzas. Este sistema se componía básicamente de dos puertas, desenfilada una con respecto a la otra, dejando entre ambas un espacio a cielo abierto, y estructura acodada. Las puertas abiertas en época cristiana eran simples, y en la mayoría de los casos se trataba de la apertura de un vano en el muro.

La cerca almohade de Écija cuenta con numerosas torres, que jalonan todo su perímetro, convirtiendo la ciudad en una impresionante atalaya defensiva. De las 60 o 65 torres que tuvo el recinto, aún se conservan 45, cuya construcción siguen tres modelos bien diferenciados:

1. Albarranas: torre exenta del recorrido de la muralla, que se une al adarve a través de un espigón, fue un dispositivo defensivo comúnmente utilizado por los almohades; sus grandes dimensiones las convierten en verdaderos baluartes, superior en resistencia a las torres normales de la muralla principal. En el recinto fortificado ecijano se conservan al menos siete, y se situaban preferentemente en aquellos lugares de la cerca donde el enemigo tenía más fácil acceso, bien en ángulos del adarve —caso de la albarrana de Colón, bien en la cercanía de las puertas —caso de la albarrana de Quintana. Son en su mayoría de planta octogonal, aunque recientemente, en una Intervención arqueológica realizada en el año 2000, se ha documentado una nueva albarrana, en la calle Merinos, de planta cuadrangular de aproximadamente 100 m², adosada al antemuro, que probablemente se uniría al adarve de la muralla a través de un pasadizo puente.

2. Torres adosadas: Son de planta cuadrangular y se adosan exteriormente al muro. Siguiendo modelos magrebíes, se presentan macizas hasta el paseo de ronda teniendo, a la altura del adarve, una cámara para la guarnición; algunas de ellas aún conservan la escalera de acceso a la terraza.

3. Alcázares: Siendo las puertas de la ciudad las zonas más desprotegidas de cualquier recinto murado, su defensa se articulaba con la construcción de alcázares (enormes torreones con amplias cámaras en su interior). En la muralla ecijana su existencia queda atestiguada en siete casos, siendo los alcázares de la Puerta de Osuna y la Puerta de Palma los de mayor envergadura.