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Color en la arquitectura


Color en la arquitectura

Introducción

El empleo de un material determinado o de un color para el revoco de los edificios ha condicionado de manera significativa la imagen, no sólo de un monumento aislado, sino de toda una ciudad. En el caso de Écija no debemos olvidar la relación del color con el entorno, la vegetación, la luz, el clima, las tierras de la base geológica y con la propia limitación de los materiales y pigmentaciones empleados en la larga historia urbana de la ciudad. Hay que tener en cuenta también que el color no sólo fue un añadido estético, sino que en muchas ocasiones nuestros antepasados fueron conscientes de la capacidad de reflexión o absorción térmica del color: los climas cálidos como el de Écija, utilizaron colores reflectantes, desde el blanco puro a otros teñidos con añil o tonos tierra, colores aplicados en tersas texturas. Esta limitación de materiales y pigmentaciones, y las particularidades y costumbres constructivas, dan a la ciudad una unidad cromática que le da su singularidad.

El color en la arquitectura de Écija va a depender tanto de los materiales utilizados como del poder adquisitivo de los moradores de las viviendas: las viviendas populares dividen sus superficies arquitectónicas en dos tonos cromáticos fundamentales: uno que identifica los planos de fondo y otro que resalta los elementos en relieve. Se utilizan en la fachada cales tintadas, donde los colores que dominan son de corta gama, procedentes de tierras y óxidos, pues están limitados no sólo por la economía, sino también por la naturaleza cáustica de la cal, que no admite pigmentos de origen orgánico. Además la cal rebaja la intensidad de los colores, creando una paleta corta, que han tenido además la ventaja de combinar bien formando delicadas gamas que conforman la unidad cromática de la ciudad.   

El color de un edificio es también el color de los materiales que lo reviste y en el peor de los casos, de los materiales que se quieren aparentar: quizás por ostentación, se simbolizan algunas fachadas de nuestra arquitectura civil más emblemática con materiales caros como la piedra, ante la necesidad de economizar en cuanto a trabajo y precio de los materiales. En una ciudad de ladrillo y tapial como es la arquitectura ecijana, abundan los ejemplos de simulación de sillares, un material utilizado muy puntualmente en Écija. Este es el caso de la fachada lateral y la trasera del Palacio de Valhermoso, la casa de los Marqueses de Villaverde de San Isidro en la calle Cintería, o los muros laterales de la Iglesia de los Descalzos. Del mismo modo proliferaron las imitaciones de ladrillos pintados sobre pobres fábricas de ladrillos como la portada de la calle de San Francisco del convento de San Antonio de Padua.

Menos comunes son las composiciones geométricas, utilizadas sobre todo en la arquitectura civil y palaciega del siglo de oro ecijano, como las conservadas en la fachada de la zona de servicio del Palacio de Peñaflor, las situadas en el nº 1 de la calle Zayas, en la Plaza de Santa Cruz, la casa que fue del poeta ecijano Garci Sánchez de Badajoz, en la calle de Santo Domingo, frontera al Convento Dominico o la antigua Casa del Gremio de la Lana.

La arquitectura fingida también fue un recurso escenográfico muy utilizado durante el Renacimiento y muy desarrollado durante el Barroco, del cual nos quedan escasos pero importantes ejemplos en el callejero ecijano, como el trampantojo que simula una ventana en la fachada lateral del Palacio de Valhermoso, la antigua Cilla, situada en la Plazuela de los Remedios, el Hospital de San Juan de Dios en la calle Mayor, o los arcos de medio punto decorados con bucráneos que se conservan en la fachada de las Carnicerías Reales, obra de Hernán Ruiz.

Las decoraciones pintadas con composiciones florales sin embargo son las más comunes y se utilizan sobre todo enmarcando vanos y recorriendo pilastras, como las que adornan el gran arco de medio punto que da entrada a la Iglesia de Santa María, o las que decoran los voladizos de balcones y ventanas.

Escasos ejemplos se conservan de composiciones figurativas, contando con algunos voladizos decorados con ángeles tenantes como el de la calle Mayor, o escenas campestres del Mirador de Benamejí en el Salón.

El más destacado es el Palacio de Peñaflor, cuyo balcón corrido, pinturas murales y portada son el emblema del Marquesado y resume, en su larguísima fachada, todo lo que de espectacular tiene la Color en la arquitectura de Écija. Las pinturas murales, noble arte con escasos medios económicos, rompen de manera efectista el ritmo monótono en una enorme superficie de fachada. A petición del propio Marqués de Peñaflor, se debían realizar pinturas de paisajes con molduras arquitectónicas, a la manera de las fachadas pintadas que, por esta época, se veían en Madrid o Granada, para lo cual contrató a Antonio Fernández quien ejecutó las pinturas al fresco de la fachada entre marzo de 1764 y noviembre de 1765, desarrollando un programa iconográfico que gira en torno al paso de las estaciones, a la fugacidad de la vida entendida desde un punto de vista humanista y remozada con toda la alegría del barroco.