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IDENTIFICACIÓN

Denominación: Castillo de Madroñiz
Otras denominaciones: Casa de Madroñiz Código: 01140740047
Caracterización: Arqueológica, Arquitectónica
Provincia: Córdoba
Municipio: Viso (El)

DESCRIPCIÓN

Tipologías
Tipologías Actividades P.Históricos/Etnias Cronología Estilos
Castillos Actividad militar Edad Media

Descripción

El castillo de Madroñiz está enclavado en el norte de Los Pedroches, al pie de la frontera con las provincias de Badajoz y Ciudad Real. Estratégicamente es un lugar clave, no sólo por su ubicación respecto a una importante vía de penetración desde el norte, sino también al estar en una elevación que controlaba, hacia poniente, el río Zújar y, hacia el sur, el cercano río Guadamatilla. Madroñiz es, pues, la última fortificación de Córdoba, ya en contacto con Extremadura, que guarda y vigila el Zújar y el camino a la Meseta asentado sobre un montículo rocoso que le proporciona un inexpugnable emplazamiento que domina todo el valle.

La planta del castillo tiende a la forma rectangular, orientado el eje mayor en dirección este-oeste. Se asienta sobre un pedestal de piedra natural dominando el río Zújar. De su pasado musulmán permanece, según Valverde y Toledo, la traza y la torre del homenaje, que se han completado con posteriores remodelaciones efectuadas en los siglos XIV y XV, aportando los dos compactos torreones cilíndricos de ruda mampostería que robustecen la puerta de acceso al gran patio de murallas almenadas. El castillo finaliza sus elementos estructurales con la airosa torre del homenaje, de planta cuadrada y coronada de merlones.

Hacia Poniente se abre la angosta entrada por un pequeño vano adintelado realizado con grandes sillares graníticos, abierto en un muro de extraordinario grosor y estrechamente vigilado por los dos torreones circulares abiertos a ambos lados. El torreón menor es perforado por una saetera, estratégicamente orientada sobre la puerta, que permitiría al vigía tener un completo control sobre ésta. Desde el septentrional, de mayor tamaño, y al que no se podía acceder desde el interior del castillo, parte el adarve que conduce a la torre de las mazmorras y a la puerta de la torre del homenaje, así como a las caballerizas mediante un pasadizo.

Por la puerta principal se accede al primer patio, de planta trapezoidal y mayores dimensiones para acoger a su llegada a las caballerías y servicios de vigilancia. De hecho, al sur se encuentran las caballerizas, dependencia de enorme longitud, con su puerta y una bóveda de ladrillo. Actualmente es un gran comedor pero, todavía, junto a la cocina campera, se advierte una angosta puerta que servía de huída al exterior del castillo en situaciones de extremo peligro.

En el lado opuesto de la entrada principal y no alineada con ella se halla la puerta al segundo patio. Es también adintelada, con grandes sillares de granito en jambas y dintel, pero esta vez tiene delicados adornos en ondas. Traspasando la puerta se llega al segundo patio, donde se encuentra el pozo; al sur, las caballerizas; al norte, la subida al adarve y, hacia el este, la entrada a la torre del homenaje. Como decíamos, ésta fue acondicionada para la vida actual. Aún así, la sala principal conserva hoy día toda su esencia y nos remota a la época de esplendor de Madroñiz, bajo el señorío de Santa Eufemia.

Se accede por unas escaleras a la segunda planta, donde hay alguna que otra habitación, hoy dormitorios. Realmente, aquí estarían en tiempos los aposentos privados y, en opinión de M. A. Jordano, si el señor recibía una visita, ésta no accedería por aquí, sino que, habiendo su dejado su cabalgadura en el segundo patio a algún servidor que la conduciría a las caballerizas, el invitado subiría por el pasadizo a una galería que corre por encima de las caballerizas y que llega a la torre del homenaje, a la altura del segundo piso, y justamente ante la entrada del salón principal, sin necesidad alguna de pasar por estancias intermedias de uso privado, con lo cual quedaba preservada la intimidad de los moradores. Esto se fundamenta en que, precisamente, el acceso al salón por este recorrido aquí indicado tiene una preciosa portada con delicadas yeserías que acogerían al visitante y lo introducirían desde el rudo castillo, meramente defensivo y guerrero, a un ambiente de lujo y ostentación, según veremos.

La portada se compone de un vano adintelado con decoración de ondas y rizos ornados de rosetas en las esquinas y enmarcado por ancho alfiz; tipo muy extendido en el mudéjar toledano, fundamentalmente, en numerosos ejemplos de la arquitectura civil, sobre todo en los palacios, algunos de los cuales fueron convertidos en conventos; y, sin embargo, no encontramos ninguno parecido en Córdoba, donde se puede decir que casi no hay vanos adintelados y, por el contrario, está muy extendido el arco angrelado, ya de medio punto ya apuntado, encuadrado por alfiz, con lo que podría plantearse la hipótesis de que intervinieron artistas toledanos o conocedores de lo que allí se estaba haciendo, más que de la capital.

En cuanto a las tracerías del ancho alfiz, hay que hacer notar, por un lado, el original adorno de ondas invertidas que enmarcan las verticales en sus trasdós y, por otro, la desmembración del alfiz en varios paños, de los cuales el central muestra pimientos afrontados de dos en dos y dispuestos verticalmente, formando una original sebka sobre fondo, no ya de ataurique como es característico, sino sobre una malla de tracerías reticulares de inspiración cristiana. En esa profusión decorativa destaca el relleno de los pimientos o vainas con hojitas de trébol. Todo ello va enmarcado por una estrecha cenefa de cintas entrecruzadas en forma elíptica, que se prolonga por todos los rebordes de las planchas que conforman el alfiz.

Mediante una serie de incisiones se ha fingido un dintel adovelado, siguiendo una tradición de época califal, que aquí se compone de dovelas engatilladas, formadas por semicírculos unidos mediante líneas rectas.

María Ángeles Jordano descubrió que aquellas planchas que cierran el alfiz en los laterales y tienen tracerías de raigambre gótica, ya en la fase tardía del estilo, cuando se impone con fuerza el flamígero con sus características vejigas natatorias, tienen un diseño semejante al que muestran algunas de las yeserías que adornan el arco triunfal de la capilla mayor y el del presbiterio en la iglesia parroquial de la Encarnación del cercano pueblo de Santa Eufemia. Es más, se conserva una de las tablas que adornaban la techumbre de la nave y está compartimentada en rectángulos, alguno de los cuales lleva decoración pintada de hojas de cardo, muy vinculadas a las que se repiten en las techumbres del convento de Santa Clara de la Columna, en el próximo municipio de Belalcázar, donde parece haber también una clara influencia toledana; y otros muestran similares tracerías flamígeras a las de las yeserías de la iglesia y del castillo. ¿Cómo habría de extrañarnos tan estrecho parentesco? Lógicamente, el señor de Santa Eufemia tuvo a bien contratar a unos artistas que estarían trabajando simultáneamente o, más probablemente, con escasa diferencia de tiempo en el templo y en el castillo.

Cabría hacerse otra pregunta más: ¿serían estos artistas los mismos que buscó Doña Teresa de Stúñiga, condesa de Belalcázar, para decorar el convento de Santa Clara fundado por ella por aquellos mismos años y en el que tantos esfuerzos invirtió? No sería nada extraño, no sólo por la cercanía de ambas poblaciones, sino quizás ¿y esto aquí lo planteamos como pura hipótesis- por enconado enfrentamiento que mantuvieron en vida la condesa y el señor de Santa Eufemia, Don Gonzalo Mesía, quien consiguió con indecorosas artimañas y abyectos recursos, que se reconociera su derecho sobre el castillo y la dehesa, sobornando para ello a fray Juan de Trujillo, del monasterio guadalupense, quien arbitró y sentenció el litigio entablado con la condesa acerca de quien tenía el derecho de jurisdicción sobre la dehesa de Madroñicejos, en la cual se encontraba ¿casualmente¿ el castillo de Madroñiz.

Como consecuencia de este agrio enfrentamiento y supuesto el carácter ambicioso del señor de Santa Eufemia, en un afán de revancha y, sobre todo, en un ostentoso alarde de poder, no sería de extrañar que llevara a los mismos artistas de la condesa a trabajar en su castillo y en la iglesia de su señorío.

De esta manera, se pueden fechar estas yeserías con bastante certeza, pues Don Gonzalo Mesía consigue el castillo en 1461 y a partir de este momento debieron comenzar las tareas de reforma. En 1508 le sucedió en el señorío su hijo Rodrigo Mesía, el Viejo.

En la sala principal del castillo de Madroñiz los escudos del señor de Santa Eufemia aparecen repartidos en número de cuatro, en la parte alta de los muros, en lugar destacado y visible, realizado en yesería y, cual si fueran pendones en relieve, cuelgan de un motivo de cordón que corre a modo de estrecho friso por toda la estancia, formando un nudo encima o debajo del citado escudo, el cual se compone de tres fajas y castillo entado en punta con bordura de ajedrezado. Dicho escudo aparece enmarcado en artística disposición al estar rodeado por hojas a medio camino entre la inspiración naturalista propia del gótico y la herencia musulmana de las hojillas disimétricas, que en ocasiones aparecen afrontadas y siempre enlazadas o inscritas en tallos incurvados que dan el característico entramado mudéjar. Todo ello queda bordeado por una estrecha cenefa articulada mediante palmetas inscritas en roleos.

La portada que comunica el salón con las estancias privadas también se decora con artísticas yeserías y sigue un esquema muy parecido al del anterior. Antes de proceder al análisis de sus elementos, conviene precisar que la situación de ambas portadas no es en modo alguno afrontada, sino que sigue una disposición que recuerda el típico recodo de la arquitectura musulmana, puesto que se hallan en muros perpendiculares entre sí y no se abren en el centro, sino en uno de los extremos. De esta manera quedaba preservada prácticamente por completo la privacidad de las estancias interiores. Esta portada se compone de un arco de medio punto y angrelado que queda enmarcado por un amplio alfiz. No ocurre, como en el otro caso, que el espacio entre el arco y el alfiz iba decorado con dovelas fingidas. Pudiera ser que así fuera en origen y que las sucesivas capas de cal lo hayan ocultado, pues el mismo angrelado casi pasa desapercibido por este motivo.

El original arranque del alfiz consiste en unos medios arcos con ondas y rizos. Esto no lo encontramos repetido en Córdoba; sin embargo, hemos visto un claro paralelismo en el vano geminado de la Casa de Mesa, en Toledo, fechada a fines del siglo XV. Pero la similitud no queda reducida a este aspecto; curiosamente, las planchas verticales del alfiz de Madroñiz tienen una tracería parecida a la que recorre el ejemplar toledano. Se trata de tetralóbulos desarrollados sobre un campo de ataurique de hojillas disimétricas digitadas, mezclándose, por tanto, elementos de inspiración gótica con otros de tradición musulmana. En cambio, el trazado de la ornamentación de yesería que recorre la parte superior y horizontal del alfiz se compone de motivos flamígeros; concretamente, los paños cuadrangulares de los extremos ostentan una rosa cuyos pétalos son vejigas natatorias, en tanto que el rectangular central luce los mismos motivos flamígeros que veíamos en la otra portada, comparables a los de la parroquial de Santa Eufemia.


Datos históricos

El castillo de Madroñiz fue objeto de un profundo estudio llevado a cabo por D. Manuel Luna Rivera, quien recogió aquellos datos históricos y documentales referentes a los distintos dueños del castillo, así como los principales avatares que conoció a lo largo de su ajetreada historia, propia de una construcción de este tipo. Además, contamos con la investigación de J. Padilla acerca de Pay Arias de Castro y el señorío de Espejo, donde analiza, entre otras cuestiones, el período en que dicho Pay Arias fue señor de Madroñiz. También se encuentra incluido en la obra de M. Valverde y F. Toledo sobre los castillos de Córdoba. Además de estas valiosas aportaciones, enfocadas desde un punto de vista histórico, a finales del siglo XX la historiadora del arte María Ángeles Jordano llevó a cabo un necesario estudio pormenorizado de las originales yeserías que decoran las portadas y la estancia principal del castillo y que son una prueba de que, a partir del siglo XIV, la mayoría de estas moles edilicias pasarán de tener un fin meramente defensivo, motivo por el cual fueron levantadas, a convertirse si no en residencia, sí en lugar de parada común entre los titulares de un señorío. Y, realmente, eso fue lo acontecido en Madroñiz; castillo erigido bajo la dinastía omeya, formando parte de una línea defensiva, junto con otras fortalezas, extendidas en dirección este-oeste, como el cercano de Santa Eufemia o el de Gafiq (actual Belalcázar), La Nava, Vioque, Atalayas, Pedroche, Almogávar, La Torre, Gelices, Montezócar, Azuel y la Iniesta, para proteger las vías de comunicación que, desde el norte, atravesaban el valle de Los Pedroches o Fahs al-Ballut (Llano de las Bellotas o Campo de las Encinas), en dirección hacia la capital de al-Andalus. Concretamente, Madroñiz era el celoso guardián del antiguamente llamado "Pasillo de Abdallah", camino que conducía hacia Almadén y Badajoz, y se abría paso entre una intrincada cadena de sierras, entre las que se halla Sierra Madrona, de donde podría venir el topónimo del castillo. Además, Madroñiz es la última fortificación andalusí de Córdoba, ya en contacto con Extremadura, que guarda y vigila el río Zújar asentado sobre un montículo rocoso que le proporciona un inexpugnable emplazamiento que domina todo el valle.

La historia del castillo, en época cristiana, se inicia en el momento, no precisado por las fuentes, en que es donado por Fernando III al infante Don Juan, de quien pasó a su hijo el infante Don Juan Manuel y, en 1306, no por mucho tiempo, tiene por dueños a Ferrand Pérez y a Diego García de Toledo.

A partir de 1310 el castillo de Madroñiz es vendido a Pay Arias de Castro, primer señor de Espejo, y a su mujer, Doña Urraca Téllez de Meneses, y es así como se convirtió por unos años en parte de la historia del señorío de Espejo. Sin embargo, en su azarosa historia, Madroñiz pronto fue a cambiar de manos, probablemente por tener que responder al pago de deudas contraídas por la familia, más que por la lejanía del lugar respecto al resto del señorío: Espejo y Castro del Río, pues, como bien señala J. Padilla, Madroñiz, enclavado en una zona de espléndidas dehesas, proverbial por su explotación ganadera, era lugar de paso entre el sur de la provincia y Extremadura, en un momento en que la cría de ganado comenzaba a estar en plena ebullición y en que los caminos de la Mesta entraban en un período de intensa actividad. A pesar de lo cual, el 31 de julio de 1364 el castillo fue puesto en venta en pública almoneda y adquirido en 24.000 maravedíes por Martín Fernández de Córdoba, de quien lo heredó su sucesor, Diego Fernández de Córdoba, el cual fundó mayorazgo en 1401, constando el castillo entre los bienes que aportaba.

De esta manera es como Madroñiz se integró en la Casa de Aguilar, viviendo entonces la zona un intento de repoblación que, con altibajos, tuvo normalmente problemas para atraer a habitantes. La oferta tentadora de los señores de la Casa de Aguilar con la exención del pago de trib

PROTECCIÓN

Estado Régimen Tipología Jurídica Publicado en Fecha Número Página
Inscrito BIC Monumento BOE 29/06/1985 155

FUENTES DE INFORMACIÓN

Información documental

Archivo de la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura de Córdoba. Antonio Martínez Castro, Inventario de fortificaciones del medio rural. Norte de Córdoba. Volumen II. Ficha 16, Castillo de Madroñiz, 2005.



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