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IDENTIFICACIÓN

Denominación: Otiñar
Otras denominaciones: Zona Arqueológica de Otiñar Código: 01230500293
Caracterización: Arqueológica
Provincia: Jaén
Municipio: Jaén
Códigos relacionados

Incluye a:
Código Denominación
01230500296 Cerro del Calar
01230500362 Conjunto rupestre del cerro del Frontón
01230500363 Conjunto rupestre del Barranco de Las Tinajas
01230500356 Conjunto rupestre del Barranco de la Cañada
01230500360 Conjunto rupestre de las Vegas Altas
01230500298 Aldea de Santa Cristina
01230500075 Poblado y necrópolis de Cerro Veleta
01230500297 Vítor de Carlos III
01230500358 Canteras de sílex del Cuchillejo
01230500040 Castillo de Otiñar
01230500294 Cueva de los Corzos
01230500295 Villa del Laurel
01230500355 Conjunto rupestre del Peñón de la Bríncola
01230500352 Conjunto rupestre del Cerro Veleta


Descripción

Otiñar forma parte de las estribaciones septentrionales de la Sierra de Jaén, surcada por el río Quiebrajano incluido en una red fluvial que, encajada en la franja central de la sierra sur, alimenta al río Guadalbullón en su paso hacia el Guadalquivir. Esta red formada por el río Frío, el Quiebrajano y el Campillo (nombre que recibe el Guadalbullón en su curso alto), se caracteriza morfológicamente por insertarse en un relieve definido por la presencia de cerros cónicos, farallones, abarrancamientos y ramblas que en ocasiones conforman estrechos valles de montañas, rodeados de pendientes abruptas, que en algunos casos alcanzan el 70 %, con altitudes que oscilan entre los 500 y los 1800 metros.
Concretamente, el valle del Quiebrajano donde se encuentra Otiñar participa de estos rasgos con las siguientes características: altitud mínima 540 metros, en el cauce del río, en la Rinconada al pie de la Bríncola y altitud máxima 1301 metros en el Puntal del Bojal en el Cerro de la Matilla. La hidrografía de la zona presenta como principal curso al río Quiebrajano que es su principal colector, y aunque la red es de tipo estacional, este río hasta la construcción del embalse homónimo era permanente, recogiendo aguas en su margen izquierda del Arroyo de la Hoya del Caño, Arroyo de la Manailla y el Arroyo de la Parrilla, y por la margen derecha el Arroyo de las Azadillas. Los suelos, de sustrato calizo y margo-calizo, son en general pobres, aunque la abundancia de agua fue un factor de corrección para su aprovechamiento en las zonas llanas y bajas, que ha favorecido la ocupación humana desde la Prehistoria.
En ese valle se sitúan: una cueva con ocupación neolítica; un poblado fortificado eneolítico con una necrópolis dolménica; 15 cuevas y abrigos con pinturas y grabados rupestres; una cantera de sílex; una villa romana; una aldea islámica amurallada; una atalaya; un castillo del siglo XIV; una aldea medieval cristiana; un monumento conmemorativo del siglo XVIII y una aldea de colonización de principios del siglo XIX.
La imagen dominante en el sitio es la de bosque de montaña alterado por manchas de cultivo. La vegetación está dominada por monte bajo sin arbolado (garriga, tomillar, espartizal, piornos, aliagas, pendejos,...), bosque mediterráneo (pinar autóctono, encina, alcornoque, quejigo, sabina, cornicabra, cañas, retama, álamos, nogales,...), pastizal de montaña, y olivar. Se complementa con la presencia imponente de macizos calizos de paredes verticales y restos de la explotación hortícola de vega del Quiebrajano.


Los elementos patrimoniales diseminados a lo largo de la Zona Patrimonial se localizan en un ámbito geográficamente integrado, los Valles de Otíñar, siendo testimonios de la larga historia de este paisaje. En esta trayectoria temporal, pueden destacarse la cueva neolítica de los Corzos, los más de veinte abrigos con manifestaciones de arte rupestre, las canteras de sílex a ambos lados del curso medio del Quiebrajano, la muralla y el dolmen eneolíticos del Cerro Veleta, el sitio romano en la vega del río, el castillo y la aldea medieval, las ruinas de la fortaleza islámica del Cerro Calar, el monolito de Carlos III y la aldea de colonización de Santa Cristina.

Esta riqueza patrimonial es consecuencia de la larga explotación de la zona desde hace al menos 6.000 años. En este largo período de tiempo ha sido deforestada, cultivada, repoblada, quemada, desecada, perforada por minas y edificada. Cada acto ha dejado su impronta y a grandes rasgos puede leerse en ellos que no ha existido una continuidad en la ocupación aunque sí en el aprovechamiento, y por parte de grupos humanos nunca demasiado numerosos.

Conocemos asentamientos de época neolítica, de la edad del cobre, romanos, medievales, de época moderna y contemporánea, utilizando cada una de las poblaciones radicadas en el valle un lugar distinto de poblado de la anterior, exigiendo las bases económicas, las ideológicas y las coyunturas políticas, peculiaridades muy dispares para determinar el lugar de ubicación de las poblaciones. Santa Cristina, la aldea del siglo XIX, se levanta en una suave loma ligeramente alejada del río pero dominándolo y con algunos cortijos a pie de huerta. La Otíñar medieval en un cerro bien defendido con control directo sobre la vía de paso -camino viejo a Granada- y las vegas. El sitio romano en la misma vega, sin pretexto aparente por la defensa pero con un marcado control del cauce fluvial. La comunidad de la Edad del Cobre en el Cerro Veleta, con una gran visibilidad y dominio del paso preferente. La neolítica en una cueva, la de los Corzos, enriscada en las alturas de uno de los barrancos más recónditos de la sierra.

Más detalladamente, en etapa prehistórica el paisaje es controlado de muy diversas formas y por un largo período. Los dólmenes del Cerro Veleta se sitúan al frente de una muralla que controla el puerto de más fácil acceso al valle.

Por otro lado, los abrigos con manifestaciones rupestres, situados junto a las zonas de tránsito y de cierre de las visuales, constituyen hitos claves para avanzar en el conocimiento del territorio prehistórico. Las diferencias estilísticas que presentan podrían estar tratando de evidenciar momentos diferentes de ejecución y un interés distinto, pero sí queda claro que ofrecen una unidad de estudio en cuanto a su agrupación e importancia dentro de la Alta Andalucía. En este sentido, las estaciones rupestres de Otíñar deben ser puestas en relación con las de Navalcán en Noalejo, cuya continuidad sigue el curso del río Quiebrajano y del Río Jaén con sus diversos afluentes, valles a los que están asociados otros abrigos como los de Río Frío, Peñas de Castro y La Mella, ya próximos a la ciudad de Jaén, que establece la Sierra Sur como centro de un importante núcleo pictórico.

Un caso único lo constituye el Barranco de la Tinaja, que ofrece en sus diferentes estaciones las únicas representaciones de petroglifos que conocemos en la zona de Otíñar, si exceptuamos las cazoletas grabadas en cuevas como la de Los Herreros o La Cantera. Algunos de los motivos de El Toril se repiten en otros paneles del Conjunto Rupestre del Barranco de la Tinaja, como en los abrigos III y IV (círculos concéntricos), si bien es en esta cueva donde la treintena de figuras se presentan con una sorprendente insistencia, imagen favorecida por su grado de conservación. Su técnica y motivos convierten a este conjunto en excepcional dentro del contexto de la Alta Andalucía, apenas existiendo equivalentes salvo casos aislados como la Cueva del Encajero en Quesada, donde sin embargo no se alcanza la magnitud de este abrigo de El Toril, el cual incita a buscar paralelos en los grabados gallegos y portugueses.

En referencia a las representaciones rupestres de la Zona Patrimonial, es de destacar por último la aparición de una pintura parcialmente oculta por incrustaciones calcáreas y con forma de reticulado, encontrada en una de las canteras prehistóricas de sílex. De ser coetáneos ambos hechos nos ofrecerían una valiosa información sobre la economía de los ejecutores de estas representaciones.

La otra gran ocupación conocida de la zona es la del siglo XIX de nuestra era, cuando se delimita el antiguo Señorío de Otíñar. La colonización de esta parte de la Sierra de Jaén ya se intentó en 1504 bajo los auspicios de la reina Juana, pero fracasó, aunque el Ayuntamiento mantuvo, al menos hasta 1627, el cargo de teniente de alcayde del castillo de Otíñar. El Señorío o Baronía es otorgado a Jacinto Cañada Rojo por Fernando VII entre 1824 y 1834 con la condición de edificar una villa para quince vecinos.

La finca se formó por la unión de los cuartos del castillo de Otíñar y La Parrilla, pertenecientes al caudal de propios del Ayuntamiento de Jaén, que se resistió a la desamortización de los mismos alegando incumplimientos de las condiciones impuestas por la Corona.

La población se construyó de nueva planta, estructurada en torno a una plaza donde se ubica la iglesia y la casa de los señores, de la que parten dos calles empedradas. Completaba el asentamiento un conjunto de cortijos y chozas dispersos en las vegas del Quiebrajano, que junto a las manchas de secano distribuidas por el sector norte del latifundio, constituyeron la base económica de los pobladores, provenientes en inicio de zonas de la sierra de Almería, Granada y sur de Jaén.

Desde ese momento y hasta la Guerra Civil, la población prospera y llega a contar con 300 habitantes dedicados casi en su totalidad a la agricultura, con un fuerte complemento ganadero. A principios del siglo XX la aldea se urbaniza y la Diputación Provincial construye la carretera de acceso. Tras la Guerra Civil se produce la despoblación del sitio, que se abandona por completo a principios de los setenta.

La importancia de la ocupación del XIX se sustenta en numerosos motivos, destacando el interés arqueológico, arquitectónico y etnológico de sus hechos materiales. Además, la delimitación del Señorío de Otíñar enlaza en buena medida con la de la Zona Patrimonial al suponer una unidad clara del paisaje.


Datos históricos:
Se rastrean los primeros contactos de los grupos humanos con las tierras de Otiñar hace al menos 6000 años y hasta hoy, de un modo u otro, no han dejado de explotarlas. En este tiempo han tenido ocasión de desforestarla, cultivarla, repoblarla, quemarla, desecarla y edificarla. Cada acto ha dejado su impronta y a grandes rasgos se ve en ellas que no ha existido una continuidad en la ocupación, aunque quizás si en el aprovechamiento; que estas ocupaciones han sido relativamente cortas, con amplios hiatus entre ellas; que los grupos humanos no han sido nunca numerosos y que desde época histórica han dependido del exterior para abastecerse de casi todo lo que no fuera alimento.
Se conocen asentamientos de época neolítica, de la edad del cobre, romanos, medievales, de época moderna y contemporánea. El hecho de que no se le conozcan pobladores durante los dos mil años que median entre la Edad del Cobre y los asentamientos romanos sólo indica que no se han prospectado la zona y no se pueden extraer de ellos conclusiones históricas. De hecho las características de estos pagos son más que atractivas para las poblaciones de la Edad del Bronce y los patrones de asentamiento que se conocen en la Sierra de Segura o en Sierra Morena, casan bien con lo que ofrece el subbético. En cuanto a la ocupación ibérica, se ha publicado que en el Cerro Veleta (Carrasco, 1980) se localizaron varios fragmentos cerámicos adscribibles a ese momento, aunque sin un conocimiento más extenso de la ocupación de las Sierras en la Edad del Hierro es difícil comprender la lógica de su presencia. Con todo, se está observando una importante ocupación de Sierra Mágina en esta fase, por lo que no sería sorprendente una cierta correspondencia en la Sierra Sur.
Una amplitud cronológica de 6000 años permite un acercamiento multiescalar a los "datos históricos". El proceso histórico de tiempo largo permite rastrear la evolución de la consideración y uso de la tierra que seguiría una pauta que partiendo de la tierra-objeto de trabajo (cazadores-recolectores de la Cueva de los Corzos) a la tierra-medio de trabajo (aldea fortificada eneolítica de Cerro Veleta) a la tierra-mercancía (Otiñar moderna y contemporánea). Evidentemente, hay una interpretación ajustada a las clasificaciones antropológicas convencionales, por ejemplo banda (Cueva de los Corzos), tribu (Cerro Veleta) y Estado (Villa del Laurel). La aproximación a estos procesos de tiempo largo se realizan a través de la investigación de la evolución histórica del territorio y ésta pasa por el análisis de la formación del paisaje. El reconocimiento de las asociaciones espaciales entre áreas construidas y no construidas es una de las primeras trabas al intentar correlacionar los procesos productivos sobre la tierra. Las adaptaciones de los métodos de reconstrucción paleogeográfica a la arqueología, condensados en la geoarqueología presentan enfoques interesantes pero olvida que la formación de los depósitos arqueológicos tanto en espacios construidos como no-construidos tienen causas fundamentalmente históricas. El hecho de que se admita el factor humano en la morfogénesis no es suficiente, hay que incluir la historia del territorio que tiene que ver con el efecto de factores como la forma de propiedad, los límites, la frontera,...sobre los usos de suelo y por ende, sobre su destino físico. La perspectiva de estudio debe ser por ello económico-política y no adaptativa.
Si se pueden diferenciar los territorios de cada momento en cualquier punto, esto es más evidente aquí, donde ninguna de las distintas poblaciones radicadas en el valle han utilizado el lugar de asentamiento de la anterior: Santa Cristina (la aldea del XIX d. C.) en una suave loma ligeramente alejada del río, pero dominándolo y con algunos cortijos a pie de huerta. La Otiñar medieval en un cerro bien defendido con control directo sobre la vía de paso y las vegas. La villa romana en la misma vega. La comunidad de la Edad del Cobre de Cerro Veleta en un pico con una altísima visibilidad y dominio de un paso hacia las montañas. La Neolítica en una cueva, la de los Corzos, enriscada en las alturas de uno de los barrancos más escondidos de la sierra. Esto indica que las bases económicas, las ideológicas y las coyunturas políticas, han exigido del espacio unas peculiaridades muy dispares para determinar el lugar de ubicación de las poblaciones.
Como quiera que la integridad territorial al sitio se la da el límite del antiguo Señorío de Otiñar, se aportan algunos datos históricos significativos adscribibles a esa fase. La colonización de esta parte de la Sierra de Jaén se intentó en 1504 bajo los auspicios de la reina Juana, pero fracasó, aunque el Ayuntamiento mantuvo, por lo menos hasta 1627 el cargo de "teniente de alcayde" del castillo de Otiñar. El señorío de Otiñar o la Baronía de Otiñar es otorgado a Jacinto Cañada Rojo por Fernando VII entre 1824 y 1834, con la condición de edificar una villa para 15 vecinos. La finca se formó por la unión de los cuartos del Castillo de Otiñar y La Parrilla, pertenecientes al caudal de propios del Ayuntamiento de Jaén, que se resistió a la desamortización de los mismos alegando incumplimientos de las condiciones impuestas por la corona. La población se construyó de nueva planta, estructurada en torno a una plaza donde se ubica la iglesia y la "casa del amo", de la que parten dos calles empedradas. Completaba el asentamiento un conjunto de cortijos y chozas dispersos en las vegas del Quiebrajano que junto a las manchas de secano distribuidas por el sector norte del latifundio constituyeron la base económica de los pobladores, provenientes inicialmente de zonas de las sierras de Almería, Granada y sur de Jaén.
Desde ese momento y hasta la guerra civil la población prospera y llega a contar con 300 habitantes dedicados casi en su totalidad a la agricultura, con un fuerte complemento ganadero. A principios del siglo XX, la aldea se urbaniza y la Diputación Provincial construye la carretera de acceso. A partir de la guerra civil se produce la despoblación del sitio, que se abandona por completo a principios de los años setenta.

PROTECCIÓN

Estado Régimen Tipología Jurídica Publicado en Fecha Número Página
Inscrito BIC Zona Patrimonial BOJA 16/10/2009 203 51

FUENTES DE INFORMACIÓN

Información Bibliográfica

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CASTRO LÓPEZ, Marcelo; HORNOS MATA, Francisca; ZAFRA DE LA TORRE, Narciso. El registro arqueológico en los estudios integrados: su función en el Proyecto Otiñar. -.

CAZABÁN LAGUNA, Alfredo. El vítor de la Sierra de Jaén. 1923, pp. 198 - 199.

ESPANTALEÓN MOLINA, Ramón. Turismo. Excursión por Otiñar. 1917, pp. 44 - 48.

HIGUERAS MALDONADO, Juan. Catálogo Monumental de la Ciudad de Jaén y su término. Diputación Provincial de Jaén, 1985.

LÓPEZ MURILLO, José; CHICOTE UTIEL, Miguel . Nuevas pinturas rupestres en Jaén. 1973, -.

MADOZ, Pascual. Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. 1845, -.

SORIA LERMA, Miguel; LÓPEZ PAYER, Manuel Gabriel. El arte rupestre en el Sureste de la Península Ibérica. Desconocida, 1989.

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ZAFRA DE LA TORRE, Narciso. El patrimonio arqueológico como recurso socio-económico: El proyecto Otiñar. 1999, -.

Resolución de 17 de abril de 2008, de la Dirección General de Bienes Culturales, por la que se incoa el procedimiento para la inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural, con la tipología de Zona Patrimonial, de Otíñar, en el término municipal de Jaén. . 15/05/2008, pp. 33-40.

Información documental

Archivo Central de la Consejería de Cultura. Inventario de yacimientos arqueológicos de la Provincia de Jaén. Zona Arqueológica de Otiñar, 1988.

Archivo Central de la Consejería de Cultura. Plan General de protección del Medio Físico y Catálogo de la Provincia de Jaén. Zona Arqueológica de Otiñar, 1988.

Dirección General de Bienes Culturales y Museos. Catálogo de yacimientos con pinturas rupestres en Andalucía. Zona Arqueológica de Otiñar, 1995.

Archivo Central de la Consejería de Cultura. ZAFRA DE LA TORRE, Narciso , CASTRO LÓPEZ, Marcelo , HORNO MATA, Francisca, El Señorío de Otiñar. Una reivindicación patrimonial del pasado reciente. Zona Arqueológica de Otiñar, 1995.

Archivo Central de la Consejería de Cultura. Inventario de yacimientos arqueológicos de la Provincia de Jaén. Zona Arqueológica de Otiñar, 1993.

Archivo Municipal de Jaén. Plan General de Ordenación urbana de la ciudad de Jaén. T. II. Zona Arqueológica de Otiñar, 1994.

Dirección General de Bienes Culturales y Museos. Delegación Territorial de Cultura, Turismo y Deporte de Jaén, Expediente de inclusión con carácter específico como Zona Arqueológica de Otiñar en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía. Zona Arqueológica de Otiñar, 1999.



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