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NAVEGACIÓN
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IDENTIFICACIÓN

Denominación: Torre de la Nava
Código: 01140430077
Caracterización: Arqueológica, Arquitectónica
Provincia: Córdoba
Municipio: Montoro

DESCRIPCIÓN

Tipologías
Tipologías Actividades P.Históricos/Etnias Cronología Estilos
Torres Edad Contemporánea

Descripción

Esta torre se ubica en una amplia meseta de gran elevación con respecto al circundante valle del Guadalquivir, lo que la permite básicamente ponerla en comunicación con las torres de la red de telegrafía óptica de la ruta Madrid-Cádiz más próximas, en especial la Torre de Mingasquete, en el valle, al sur, y la Torre de la Onza, ya en Sierra Morena, al norte.

Esta torre es similar a la torre llamada de Mingasquete, también en el término municipal de Montoro. Se trata de una construcción de tres plantas hecha con mampostería de piedras irregulares de mediano tamaño, a excepción de las esquinas y los anillos externos, hechos de sillarejos. La piedra empleada es la típica arenisca roja o, como se le llama localmente, "piedra molinaza", tan utilizada a lo largo de la historia en las construcciones de Montoro y sus alrededores. Tanto sillarejos como mampuestos van unidos por medio de mortero o cemento hecho de cal y arena. Al exterior, el cuerpo de mampostería va enlucido con el mismo cemento, que en algunos casos se ha perdido y deja ver el material infrayacente. La planta de la torre es casi cuadrada, con 6,57 metros de lado en la cara norte y 5,99 en la cara este, siendo la mitad del edificio un módulo cúbico. Sin embargo, de la mitad hacia abajo se estructura en tres partes desiguales y claramente diferenciadas. En primer lugar, comenzando por la parte inferior, la torre posee un anillo a modo de falsa base de aproximadamente 1,50 metros de altura, que hace a la torre tener una planta más grande en esta zona que en el resto de la edificación. Tras ese módulo, las paredes de la torre comienzan a tomar dirección inclinada hacia otro módulo que también sobresale de la planta pero que es mucho menos alto que la base, estando formado por sillarejos dispuestos a soga de unos 30 centímetros de altura. Finalmente, sobre él, sin solución de continuidad, existe un último módulo formado por mampostería y sillarejos en las esquinas y en la base y que sobresale de la planta de la torre menos que el anterior, aunque tiene una mayor altura (unos 85 centímetros). Este cuerpo es el doble de alto que el inferior, ya que corresponde a las dos plantas superiores (primera y segunda). Finalmente, es de destacar que la torre va coronada por un último anillo similar al anterior, de sillarejo a soga de unos 30 centímetros de altura, tras el que remata todo el edificio con unos 60 centímetros de cuerpo totalmente recto y sin ninguna adición.

Respecto a vanos, la torre posee dos ventanas en las plantas primera y segunda de los lados norte y sur que van adornadas con marcos de unos 30 centímetros de anchura a todo su alrededor, ejecutadas con ladrillo macizo. También posee esta torre tres aspilleras en todas las caras de la planta baja. Se trata de aberturas estrechas, de unos 50 centímetros de longitud y 7 u 8 de anchura. Son, sin duda, buena prueba del carácter defensivo y vinculado a la seguridad del territorio nacional que tenían estas torres telegráficas de mediados del siglo XIX.


Datos históricos

Esta fortificación es una torre de telegrafía óptica construida a mediados del siglo XIX. Se trataría de una torre repetidora de señales visuales transmitidas a distancia. Aunque una Real Orden de Carlos IV (1788 -1808) había permitido construir la primera línea de telegrafía óptica española -que entró en funcionamiento en agosto del año 1800 - (donde tuvo un gran protagonismo la figura de Agustín de Betancourt, 1754-1824, ingeniero tinerfeño que mejoró el telégrafo óptico inventado por el francés Claude Chappe), la crisis y las guerras paralizaron la construcción de nuevas líneas. Habrá que esperar hasta 1844, cuando se encargue a José María Mathé, coronel de Estado Mayor, la instalación de la línea de Castilla para unir Madrid con la frontera francesa. Mathé instaló en sus torres un nuevo telégrafo, ideado por él, que constaba de un bastidor con tres franjas negras alternadas con franjas blancas, en cuyo extremo se movía verticalmente una pieza llamada indicador capaz de adoptar doce posiciones diferentes respecto a las franjas. La utilidad de su sistema resultó pronto manifiesta, de manera que, desde que en 1846 entró en funcionamiento, se levantaron numerosas torres en nuevas líneas. Diez años después, la red española era tan densa como la francesa, inaugurada algunos años antes.

Pero la telegrafía óptica sería desplazada por la introducción de postes y conductores para uso telegráfico por parte del Gobierno, según obligaban la ley de 22 de abril de 1855 y la Ley General de Ferrocarriles a las empresas constructoras de la red ferroviaria, pues la expansión del ferrocarril llevó aparejada también la del telégrafo por cable. Al aplicarse la electricidad a la telegrafía se ganaría eficacia, aunque el nuevo sistema llegase a España con retraso (Morse había transmitido su primer mensaje, entre Washington y Baltimore, en 1844). Gracias al nuevo invento, como afirmaba Martínez Alcubilla en su Diccionario de la Administración Española (1894), "las distancias se han acortado, las relaciones de todas clases se estrechan y los gobiernos han adquirido un poderoso medio para sostener el orden público y atender a las demás necesidades de la administración con más celeridad que antes, teniendo además de poderoso auxiliar de este agente maravilloso a los ferrocarriles". No obstante, el primer ferrocarril de la historia de Córdoba llegaría en la primavera de 1859, por lo que hasta ese año o después no debió de llegar el telégrafo eléctrico a Córdoba y, por tanto, cabe pensar que las torres repetidoras de telegrafía óptica seguirían funcionando, debiendo de suceder lo mismo en el resto del país. De hecho, la primera línea de telégrafos por señales de la que se tiene noticia en España fue abierta en 1848 para cubrir Madrid, Aranjuez y La Granja, justo el mismo año en que se inauguraba el primer ferrocarril español entre Barcelona y Mataró.

De las tres rutas radiales con que contó la telegrafía óptica en España durante su corta vida, Madrid-Irún, Madrid-La Junquera y Madrid-Cádiz, con unas doscientas torres repetidoras en todo el territorio nacional, la última atravesaba la provincia de Córdoba y estaba dotada de 59 torres. Junto a la Torre de la Nava había otras como la de Mingasquete, también en el término de Montoro, la Torre Juncá de Villafranca o la del Chancillarejo, en término de Córdoba, además de las ya desparecidas como la Torre del Palo, ubicada cerca de la capital cordobesa. La línea de Madrid a Cádiz fue tendida entre los años 1850 y 1853 y fue la última en dejar de funcionar en todo el territorio español, hacia 1857.

FUENTES DE INFORMACIÓN

Información documental

Archivo de la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura de Córdoba. Antonio Martínez Castro, Inventario de fortificaciones del medio rural . Sur de Córdoba. Volumen II, 2005.



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