La montería es una modalidad de caza exclusiva de España, debido a nuestra especial orografía y a nuestras razas de perros. La montería consta de varias partes, pues no solo se limita a la cacería en sí, sino a todo el ritual que lleva antes, durante y después de aquélla.
Antes de tomar la decisión de montear una zona, los guardas o las personas que organizan la montería han de ver la «mancha» que se va a montear, viendo la zona más querenciosa, la de mayor densidad de reses, etcétera. Una vez elegida la mancha, se elige fecha para montear. Los encargados de realizarla acordonan una zona o mancha de terreno con puestos ubicados en lugares estratégicos, coincidiendo muchos de ellos con las veredas de escape, siendo éstos los mejores puestos, de ahí que, con carácter previo al inicio de la cacería, se produce el llamado sorteo de puestos.
Una vez llegado el día de la montería, entran en juego distintos tipos de actores, fundamentales cada uno de ellos para el éxito de la montería. Los más importantes son los «perreros» con sus rehalas, pues son los que van a llevar a los participantes hasta los puestos a las reses, es decir, ahuyentan a éstas y las dirigen hacia la mancha; también intervienen los «monteros», que son las personas que se ubican en los puestos y quienes portan las armas; los organizadores de la montería, que serán los encargados de que todo salga bien; el «postor», otra de los figuras relevantes, pues es el que lleva a los monteros a sus puestos y da consejos de la querencia de las reses; por último no nos debemos olvidar de los guardas, que son los mejores conocedores de la finca y de los animales que hay en ella.
La jornada se inicia con una reunión de todos los implicados en la montería para realizar el sorteo de los puestos, realizar indicaciones a los perreros y desayunar. Dependiendo de los lugares el desayudo difiere, pero lo normal es comer migas, alubias o gachas. Una vez hecho el sorteo, parten los monteros hacia sus puestos. Cuando se llega a la mancha, el postor va ubicando a los monteros en sus puestos y éstos, a su vez, se cercioran del lugar donde se encuentran los cazadores colindantes para evitar accidentes. Cuando ya están cubiertos los puestos, se hace la suelta de los perros, que empezarán a desperdigarse por el monte para buscar las reses que se encuentran en sus encames. Uno de los lances más bellos y espectaculares son los «agarres», que se producen cuando los perros dan con una res y la intentan atrapar para que el perrero la remate con su cuchillo. La montería toca a su fin cuando ya esta toda la mancha concluida de batir y comienzan a resonar las caracolas de los perreros llamando a sus perros. Ahora es momento de cobrar las reses abatidas y de comentar los lances con los demás monteros.
Concluida la cacería, los integrantes de la misma se organizan para realizar los distintos trabajos o labores: el veterinario procede al reconocimiento de las reses cazadas o al cosido de las heridas que presenten los perros, el matarife descuartiza las reses y hace los lotes de carne y el resto de monteros van preparando los avíos para comer. Generalmente, se realiza un arroz o algún guiso de carne.
El flamenco, en alguno de sus palos, generalmente el fandango, suele acompañar las reuniones de los monteros en las que rara vez participa alguna integrante femenina.
El cazador español es un cazador de trofeos, al estilo germánico, eligiendo los machos con los cuernos, colmillos u otros atributos mayores. Sin embargo, la adecuada gestión de una población natural exige que no sólo se eliminen machos adultos, teniendo que haber asimismo una selección de hembras y jóvenes para mantener una población equilibrada.