La caza en campo abierto de liebres con galgos es practicada, tanto de forma individual como grupal y asociativa, por un numeroso colectivo de cazadores/galgueros que contribuyen a la conservación y a la transmisión de los valores patrimoniales, de los saberes técnicos, así como de las prácticas de sociabilidad con las que se identifican como titulares de un patrimonio cultural muy valorado por ellos. Esta modalidad de caza no emplea instrumentos tecnológicos para su práctica. Ha mantenido a través de los siglos su estructura básica sobre la triple relación inter-especie: ser humano/galgo/liebre, que se despliega en los lances de localización, persecución y captura de la presa en campo abierto. La caza con galgos destaca por su carácter local, muy vinculada a un territorio de características morfológicas y cobertura vegetal adecuadas a la frenética carrera entre el galgo y la liebre. Es una práctica sin fines de lucro y sus asociaciones asumen la responsabilidad de controlar, proteger y fomentar la caza reglamentada, refrenando el furtivismo para preservar el aprovechamiento cinegético de los terrenos habitualmente reservados para la caza de liebres con galgos. Ese ánimo regulador ha impuesto como norma la limitación en cada carrera de sólo dos galgos prefijados entre los que participan en la cuerda con la que se bate el terreno; el establecimiento de un cupo máximo de capturas por jornada de caza; la instalación de «perdederos» que evitan la captura de la liebre y, en su caso, la suspensión de la actividad por causas climatológicas o epidémicas. Por todo ello, la modalidad de caza con galgos garantiza la continuidad de la liebre como especie al no quedar nunca diezmada ni en peligro de extinción. Probablemente estamos ante la práctica cinegética más sostenible y respetuosa con el medio ambiente y la fauna silvestre. Como resultado de ese proceso ancestral de permanencia y cambios, los galgueros andaluces de hoy en día son depositarios de un legado patrimonial que han conservado y transmitido a través de siglos de práctica continuada, muchas veces por utilidad nutricional, pero sobre todo impulsada desde la pasión por los galgos y la emoción de la caza con ellos. El cuidado de los galgos, su alimentación diaria, el control sanitario, el cruce y la crianza de cachorros, el entrenamiento regular y la socialización de los perros son tareas que ocupan una parte importante del tiempo de ocio del cazador galguero y, a menudo, el de los miembros de su familia. En las fechas inmediatas a la primera salida al campo, se suele reunir el grupo de galgueros para comprobar in situ la densidad de liebres en el cazadero previsible. Para ello, se organiza una cuerda semejante a la que se formará el día de la cacería, pero sin galgos ni otro tipo de perros, y se van contando las liebres que se levantan al paso de la mano. Elegido el cazadero tras este censo visual, solo queda determinar la fecha de la jornada de caza y el lugar concreto de la reunión de la cuadrilla y de sus galgos. Con las primeras luces del alba se concentra la cuadrilla en algún lugar prefijado. Con el sorteo se incorpora el azar, factor siempre presente en cualquier modalidad de caza mayor o menor, que puede influir en el resultado de cada lance. ¿una particular forma de vincularse al territorio local, especialmente por hombres de la localidad que encuentran en la práctica una forma de relacionarse también entre ellos y mantener vínculos socio-afectivos e identitarios. Los galgueros tienen claras las fronteras de su identidad (¿se es o no se es galguero¿) y los marcadores que la definen (pasión por galgos, afición a la caza de liebres, conocimiento del terreno (¿saber leer el campo¿), capacidad de esfuerzo, constancia, dedicación.