La comarca de Los Pechones se ha caracterizado tradicionalmente por el pastoreo de su ganado ovino, concretamente la oveja merina, y la producción de quesos. Aunque iniciado las décadas anteriores en los años ochenta del siglo XX, durante ésta se acrecienta drásticamente la presencia y el aumento del ganado bovino. Así, las antiguas dehesas de encinas sufren por ello un retroceso en todo el Valle para aumentar la tierras de pastos sin arboleda dedicado a las vacas, que van sustituyendo de manera cada vez más aguda a la oveja como el ganado más extenso y en el cual se basaba buena parte de la economía de la comarca. Tal sustitución, junto con la desaparición de las vías pecuarias, los nuevos medios de comunicación y la nueva forma de vida han dado al traste con el oficio de pastor, el cual supuso en otros tiempos el principal recurso económico de la comarca.
La búsqueda de pastos, el cuidado y la seguridad de las ovejas, el traslado de los rebaños o seguir la pista de ovejas descarriadas constituían la labor fundamental de los pastores. Los pastores que trabajaban a tiempo complejo todo el año y no solían tener tiempo para realizar otras labores complementarias o de temporada como aquellos pastores que lo hacían de manera intermitente.
Éstos variaban su ubicación dependiendo del rebaño que se le encomendara cuidar, ya fuera en Espiel, Santa Eufemia, El Hoyo, Pozoblanco, Villanueva de Córdoba y prácticamente toda la comarca de Los Pedroches y parte de las colindantes. Sus chozas no se hallaban en el mismo casco habitado de las citadas poblaciones, sino en medio de campo, a veces a bastantes leguas de distancia, lo que prácticamente los aislaba del contacto con otras personas, si no fuera por la compañía ocasional de otros pastores que vivían cerca o pasaban próximos con sus rebaños. A veces se estaba por un periodo de tiempo en lugar determinado o sus alrededores, otras había que mudarse de sitio continuamente siguiendo la disponibilidad de pastos para las ovejas. Entonces podían suceder dos cosas, que se echara a los caminos con toda la familia o que ésta, al menos la mujer, quedara en la choza, pues los hijos ya desde jóvenes ayudaban en las labores del pastoreo. No obstante, incluso cuando los pastos estaban cerca de la choza, alguien tenía que vigilar por la noche para persuadir a los ladrones y los lobos, por lo que él, otro pastores o alguno de sus hijos tenía que preparar una pequeña guarida cerca del rebaño y pasar las noches a solas del resto de sus familias.
Cuando era requerido viajar con los rebaños a la búsqueda de pastos, o para guiar y recoger las ovejas que se habían comprado, los pastores solían pasar días lejos de los lugares cercanos a sus viviendas. Sin embargo, estos pastores no realizaban la trashumancia como aquéllos de latitudes más norteñas. Las cañadas soriana y de la Mesta confluían en el Valle de Los Pedroches, aunque la mayoría de sus pastos estaban reservados para los rebaños de la zona, por lo que por lo general iban de paso.
Junto a la choza generalmente había un pequeño huerto para el abastecimiento doméstico, complementando su alimentación conejos o pájaros que eran atrapados en trampas o mediante técnicas de caza menor. En la construcción de chozas y refugios tenían que mostrar igualmente su pericia, pues de ello dependía que no se mojaran ni pasaran frio. Sobre unos muros bajos, construidos con piedras del abundante granito o tablas de madera, se ponía un techo hecho de ramas para aislar la lluvia y el frío. En el centro de la cabaña se dejaba un espacio para el hogar, que pese a las chispas que frecuentemente se desprendían, sobre todo cuando era avivado, no solían quemar el techo si estaba bien construido y con las ramas adecuadas. La cabaña o «chozajos» solía ubicarse en un lugar estratégico con respecto a los pastos y los itinerarios que seguiría el pastor y los rebaños, cerca de algún cause de agua o pozo, agua que servía para beber, cocinar, asearse, regar el huerto y lavar la ropa. La mujer del pastor solía quedarse en el lugar donde estaba la cabaña, al cuidado de los niños, para buscar y hacer la comida y realizar el sin fin de tareas que requiere la vida en el campo. Aunque era frecuente cuando no tenían hijos o ya no eran demasiado pequeños, el que ayudaran al marido en el pastoreo, sobre todo si acontecía algún imprevisto o el trabajo se acumulaba. Si al pastor no le quedaba cerca alguna población y era necesario ir al pueblo, solía ser la mujer la encargada de acercarse. Si la economía andaba escasa y las otras tareas no lo impedían, las mujeres solían echar la temporada en alguna labor agrícola como la aceituna.
Pocos pastores tenían sus propias ovejas, y cuando las había eran unas cuantas, ya que los rebaños por lo general pertenecían a los grandes tratantes y ganaderos, rebaños que podían ser de trescientas cabezas hasta miles. Los pastores cuidaban las ovejas de otros y era poco frecuente que el propietario del rebaño o de los pastos permitiera apacentar el ganado del propio pastor. Si era año de abundancia y había más pastos, se incrementaba el número de animales. Los rebaños se dejaban libres en algún lugar del campo bajo la vigilancia de los propios pastores y los mastines o se cercaba con una especie de red hecha con guita. Si bien el pastor podría hacerse acompañar por alguna cabra y sus inseparables perros, por lo general mastines grandes, aunque también podría haber alguna otra especie de perro como el de agua, apreciado por su aguda inteligencia.
Para los grandes rebaños de ovejas se contrataban los pastos de tal o cual terreno con los propietarios de los mismos. Existía todo un sistema de derechos y obligaciones consuetudinarias que marcaban y regulaban los contratos, dónde y el tiempo en el que las ovejas podían pastar, siguiendo el refrán «de San Miguel a San Miguel».
La sustitución del ganado ovino por el vacuno y la disminución de la demanda de lana de oveja ha ido haciendo cada vez más minoritaria la presencia de los rebaños de oveja y cada vez más difícil de ver grandes rebaños.