La alfarería, artesanía consistente en la elaboración de vasijas de barro cocido, hunde sus raíces en el Neolítico y, durante toda la historia de la humanidad, ha constituido una artesanía clave, pues dotaba a los usuarios de recipientes resistentes y relativamente baratos. En el Valle del Guadalquivir la producción alfarera se beneficiaba directamente de depósitos de limo y arcilla que el propio río creaba a su paso, originando diversos focos de producción alfarera entre los que destacó la cerámica califal en torno al siglo X.
Sin embargo con la entrada de materiales plásticos a mediados del siglo XX, de mayor resistencia y menor precio, así como de sistemas industriales de fabricación, la producción artesanal casi desapareció, quedando solamente algunos núcleos aislados como Triana, en Sevilla o La Rambla, en Córdoba. En algunas otras poblaciones han subsistido hasta el día de hoy algunos alfareros, limitados a producciones muy pequeñas, tal es el caso de la Alfarería Monje de la localidad sevillana de Lora del Río.
La familia de Antonio Monje procede de otra zona de gran tradición alfarera, Salvatierra de los Barros, en Badajoz, desde allí llegó su padre a principios de los años treinta y a los pocos años pudo adquirir, gracias a la cesión de algunas tierras por parte del ayuntamiento, un pequeño terreno al que agregó otro colindante pagado de su bolsillo. Sobre estos terrenos edificó un horno moruno y un pequeño taller de alfarería, y comenzó su producción en 1942. El artesano se incorporó muy joven al taller, realizando pequeñas obras en el torno, y cuando su padre murió, en 1959, se hizo cargo del taller. El artesano marca dos momentos cruciales en la historia del taller, el final de los años cincuenta y principios de los sesenta cuando, debido a la introducción de los cacharros de plástico, el taller estuvo a punto de desaparecer; y los años ochenta, cuando la producción alfarera comienza a recuperarse gracias a un aumento de la demanda de piezas orientadas a la decoración.
Obviamente el taller y los modos de trabajar se han ido modificando. Uno de los primeros cambios fue la incorporación de motores eléctricos a los tornos, que dejaron de ser movidos con el pie. También dejó de explotarse el terreno que tenía junto al río para la obtención de arcilla y comenzó a comprarse el barro de La Rambla a mediados de los años sesenta, con lo cual se cegaron también las balsas para la preparación del barro y se redujo significativamente el esfuerzo físico del artesano. Ya más recientemente, y debido al descenso de la producción, se adquirió un pequeño horno de gas para la cocción de las piezas.
Actualmente en el taller continúa trabajando el artesano entrevistado, pese a su avanzada edad, ayudado por su yerno, que además realiza decoraciones cerámicas. La demanda se encuentra divida entre piezas sin decorar de uso más o menos cotidiano, como pueden ser tiestos para plantas, búcaros y botijos, y piezas decorativas que, en su mayoría, cuentan decoración cerámica de algún tipo. El taller incorpora una tienda donde se expone la mercancía y distribuye algo de su producción a través de intermediarios, si bien se circunscribe casi exclusivamente al ámbito más inmediato, esto es, al propio pueblo y algunos de su entorno.