Durante la romería y en todos los eventos vinculados con la festividad de San Benito, la comida, la bebida y el comensalismo adquieren un valor central. No en vano, la denominación de varios actos protagonizados por la mayordomía, antes y después de la romería, hacen referencia a algún plato específico. Tal es el caso del día del bollo o el miércoles y el jueves del dulce. Por su parte, durante el recorrido y la estancia en los Montes de San Benito algunas comidas marcan el ritmo de los acontecimientos. El caldo, por ejemplo, calienta la mañana del domingo y del lunes, tanto a los que acaban de llegar como a los que aún «no se han acostao», ni casi han bajado del caballo, mientras que los peregrinos que llegan a primera hora son recibidos con dulces de cidra y vino de pasas. Más allá de estos actos oficiales, articulados alrededor de platos específicos, la comida y, fundamentalmente, el acto de comensalismo, el invitar a comer, adquiere un papel central durante los días y las noches de San Benito.
Por otro lado subrayar que si bien en algunos contextos rituales la comida ha perdido parte de su relevancia, en tanto en décadas anteriores las jornadas festivas eran especiales fundamentalmente porque se comía bien, este componente en San Benito ha mantenido cierta relevancia. En la actualidad ya no se cocina, por ejemplo, la caldereta con la carne del toro que se mataba para San Benito, pero se sigue guisando una de borrego y de chivo para dar de comer a toda la mayordomía. Además se siguen preparando dulces como las rosquillas, los borrachos, el turrón o el bollo, mientras que la bebida, aún cuando se han modificado sus pautas de consumo, sigue «regando» cada momento de la fiesta.