Las salinas tradicionales de la Bahía de Cádiz son resultado de la transformación antrópica de unas marismas, condicionada por el medio en que se encuentran, con un fin concreto: la obtención de sal del agua del mar. Son un laberinto de canales que precisan de marismas mareales funcionales (vivas), es decir, sometidas al régimen de mareas con normalidad y con una climatología que permita aprovechar la fricción del viento cálido y seco sobre el terreno. Hablamos pues de entornos litorales protegidos del mar abierto, donde predominan los materiales blandos (fangos) fácilmente excavables y donde los ríos tengan la capacidad suficiente de contrarrestar con sus aportes de sedimentos la potencial erosión que el oleaje pueda causar. El labrado de la marisma determina un recorrido del agua de mar que se embalsa para obtener la sal que lleva disuelta, que conduce de una menor salinidad (la del agua de mar) a grados tales que permitan la precipitación de los distintos tipos de sal. Esto se consigue reduciendo la profundidad de cada tramo de la salina y exponiendo al agua en su recorrido al barrido de los vientos predominantes en la zona, el poniente y el levante (este último más violento, seco y cálido), que con la fricción sobre el agua la evaporan y por tanto aumentan la concentración de la sal disuelta (cada vez menos agua para la «misma» cantidad de sal).

Todo el sistema de caños, marismas y canales de la Bahía que hacen posible la presencia de explotaciones salineras, se vertebra sobre una dinámica de corrientes mareales que circula sobre la base de dos ejes principales: el río San Pedro, por la Bahía norte, y el caño de Sancti Petri en la sur. En las costas de Cádiz las mareas son apreciables. Las mareas vivas o ¿aguajes¿ pueden llegar hasta un coeficiente de 119º y las muertas entre 40º y 45º. Su principal efecto es la contribución a la formación de marismas bañadas sólo en pleamar.
Las distintas partes de la salina (según la profundidad de «los canales», y por tanto la salinidad del agua de mar embalsada) generan diversidad de ¿microecosistemas¿ que facilitan diversas funciones ecológicas.

Fundamentalmente como hábitat (estacional o estable), lugar de reproducción y cría o como lugar de alimentación de una alta diversidad de especies vegetales, de peces, crustáceos y aves, entre otras. Este hecho hace que, tradicionalmente las explotaciones salineras tuvieran un «subproducto», los pescados de esteros que, además de unos ingresos adicionales, suponían todo un ritual en sí mismo y una fiesta para los salineros y trabajadores, que celebraban al inicio de la campaña y al final. Esto ha cambiado por la aguda crisis que soportan las explotaciones salineras tradicionales y, los despesques se han convertido en un atractivo turístico de primer orden y una de las fuentes principales de ingresos de las pocas salinas tradicionales que quedan en activo y el único ingreso que obtienen algunas de las que abandonaron su actividad salinera en los últimos tiempos.

El funcionamiento de una salina es sencillo: almacenar agua de mar, exponerla a los vientos predominantes, dejar que se evapore y recoger la sal. Ahora bien, la manera tradicional de hacerlo es respetando los ciclos de la naturaleza, cuyas fuerzas son las que determinan la velocidad de este proceso extractivo, es decir, respetando los ciclos de mareas, insolación, régimen de vientos, estacionalidad térmica, humedad ambiental, temperatura del agua, etc. Hablamos de un modelo no basado en el consumo de energía externa, sino de la propia energía del ecosistema, procedente principalmente del sol y del viento.