Tras la reconquista cristiana del territorio de los antiguos pagos de Manilva, el duque de Arcos, señor del Condado de Casares, concedió las primeras tierras para viñas. El viñedo se extendió pronto por la zona, y a lo largo de los siglos XVII y XVIII los productores de vinos y aguardientes vieron florecer un lucrativo negocio, llevado a cabo principalmente con comerciantes catalanes. Pero a finales del XIX hizo su aparición la plaga de la filoxera, arrasando gran parte del viñedo y quedando éste como cultivo residual.

A partir de la década de los veinte del pasado siglo veinte, y hasta aproximadamente la mitad de los cuarenta, la variedad Moscatel de Alejandría vino a suplantar a las antiguas variedades autóctonas de la comarca, los llamados vidueños. Con la introducción de esta nueva variedad de uva, los viticultores de la zona cambiaron radicalmente su orientación hacia la producción para «el fresco» y la elaboración de pasas, quedando entonces el vino como modo de aprovechamiento de la cosecha, de la uva de desecho. Los numerosos lagares y bodegas existentes desde antaño en dichos pagos, volvieron a molturar la uva para la elaboración de vino, dando comienzo la producción del moscatel de Manilva. Debido a este carácter secundario del vino manilveño, tradicionalmente las bodegas de la comarca no han estado amparadas por la Denominación de Origen Málaga y Sierras de Málaga y, o bien se han dedicado a la elaboración y comercialización a nivel local y comarcal, o han vendido su producción a otras bodegas malagueñas que sí se encuentran incluídas en la D.O.

Dentro de la particular clasificación de los vinos malagueños que establece el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Málaga, el moscatel de Manilva entraría en la categoría de «vinos tranquilos», es decir, aquellos elaborados sin adición de alcohol, y dentro de la misma, se encuadraría en el tipo de «vinos naturalmente dulces», o lo que es lo mismo, aquellos procedentes de uva sobremadurada.